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VIAJES. Lisboa y el mar

La Torre de Belém acaba de cumplir 500 años y esa es una excusa perfecta para hacer una escapada de verano a Lisboa. Una escapada en la que hemos ido enlazando visitas y anécdotas para confeccionar un itinerario muy ilustrativo sobre la capital portuguesa y su particular relación con el mar.

La Torre de Belém acaba de cumplir 500 años y esa es una excusa perfecta para hacer una escapada de verano a Lisboa. Una escapada en la que hemos ido enlazando visitas y anécdotas para confeccionar un itinerario muy ilustrativo sobre la capital portuguesa y su particular relación con el mar.

Texto y Fotos: Óscar Checa Algarra

A las diez de la mañana, cuando abre sus puertas, ya son muchos los turistas que esperan y forman cola para visitar el monumento que se ha convertido en uno de los iconos de Lisboa y de todo Portugal. Y es que la Torre de Belém llama la atención, hay que reconocerlo. Su ubicación, rodeada de agua, y su estilo manuelino (una variante del gótico tardío y del mudéjar) la hacen parecer más un pequeño castillo de cuento que el fortín militar de que realmente se trata. Un fuerte que está de aniversario, pues este 2015 se cumplen 500 años desde que el rey D. Manuel I la mandara construir como uno de los puntos de defensa del estuario del río Tajo. La idea fue levantar dos torres, una a cada lado de la desembocadura del río, que protegieran (mediante el fuego cruzado) de las incursiones de los barcos piratas y otros visitantes no deseados que, al parecer, se acercaban a menudo por estos lares. En aquella época (comienzos del siglo XVI), Lisboa se había convertido en una de las principales ciudades del mundo: con los descubrimientos de nuevas tierras y continentes se enriqueció enormemente al posicionarse como un importante centro del comercio de joyas y especias.

Carabelas, galeones y falúas

Por la misma época se comenzó a construir muy cerca de la Torre de Belém otro de los edificios que el tiempo también ha situado como símbolo lisboeta y portugués: el Monasterio de los Jerónimos. Se levantó en el mismo lugar donde antes había una iglesia en la que los monjes de la Orden de Cristo prestaban asistencia espiritual a los navegantes. Hoy, además de algunos reyes y príncipes portugueses, descansan aquí los restos de personajes tan relacionados con los viajes por mar como Vasco de Gama o Luis de Camoes. Pero nosotros nos hemos acercado hasta aquí para visitar el Museo Marítimo, que está ubicado en el ala oeste del monasterio. En una primera parte, se expone la historia de la navegación portuguesa y sus hombres de mar más ilustres, destacando, claro está a Enrique de Portugal ‘El Navegante’. Podemos ver maquetas de diferentes tipos de embarcaciones: carabelas, galeones, naos, fragatas…; mapas de navegación; estatuas y cuadros de marinos famosos (Nuno Tristao, Diogo Gomes, Gil Eanes, Vasco de Gama, Fernando de Magallanes…); trajes, armas y mobiliario de los barcos desde el siglo XV hasta la actualidad; objetos recuperados de una antigua embarcación dedicada al comercio de especias, etc. En otro pabellón, ya fuera del monasterio, se exponen barcos auténticos que representan diferentes momentos históricos y usos de los mismos, sobre todo de recreo y de pesca. Junto a ellos también están expuestos los primeros hidroaviones portugueses.

Una vuelta por el mundo

Otro de los hitos de este itinerario temático es el Monumento a los Descubrimientos, muy cerca de la Torre y del Monasterio y que, como bien indica su nombre, es un homenaje a la expansión de ultramar portuguesa y al pasado glorioso del país. En él están representados de nuevo algunos de los más destacados personajes de aquellas gestas: navegantes, cartógrafos, guerreros, colonizadores, evangelizadores, cronistas y artistas. Pero este monumento también es un mirador, pues su parte superior, rematada en terraza a 65 metros del suelo, es accesible. Las salas del interior suelen albergar diferentes exposiciones siempre relacionadas con el tema de los descubrimientos, como las que acoge en estos momentos (y que continuarán hasta los meses de septiembre y octubre) sobre plantas medicinales descubiertas durante los viajes a América y Oriente.

Oriente es, precisamente, el siguiente punto del recorrido. Entre Belem y Lisboa, el Museo Fundación Oriente resalta, a través del arte, los vínculos entre Portugal y los países y territorios de Asia a donde llegaron los navegantes portugueses. La colección permanente cuenta con dos grandes colecciones: una referente a la presencia portuguesa en Asia, con elementos de arte occidental y oriental que convivieron en la época de las colonias; y la llamada Colección Kwok On, integrada por testimonios etnográficos de toda Asia, entre los que llaman especialmente la atención los muñecos de teatro de sombras, no solo de China, sino también de India, Indonesia, Malasia, Tailandia, Camboya y hasta de Turquía.

Lisboa Story

Esa historia relacionada con los descubrimientos de ultramar y los viajes de los grandes marinos se puede seguir en el Lisboa Story Center, un centro de interpretación en el que a través de recreaciones audiovisuales y plásticas conoceremos los pormenores de la vida de la ciudad, desde su fundación (que la mitología atribuye a Ulises y la Historia a los fenicios) hasta nuestros días. Veremos que los grandes eventos de Lisboa siempre han tenido algún vínculo con el mar, incluso los catastróficos, como el terremoto de 1755 que fue seguido de un maremoto y que destruyó prácticamente toda la ciudad. Parte de la fisonomía de la actual capital se debe a la recreación tras aquel desastre. El hombre que ideó la nueva Lisboa fue el Marqués de Pombal. La ‘Baixa’, con sus calles en cuadrícula y en plano, y el nuevo espacio del Terreiro do Paço, la actual Plaza del Comercio, fueron idea suya. Hoy esta plaza abierta al río Tajo es uno de los lugares con más encanto de la ciudad y por donde pasean lugareños y visitantes, sobre todo al atardecer.


Otros barrios vinculados al devenir del puerto y de la vida marinera han estado más abandonados hasta hace poco tiempo. Como en todos los entornos portuarios, cerca de los muelles y los embarcaderos no solo estaban los almacenes y barracones de las mercaderías sino que surgieron tabernas y otros negocios donde saciar apetitos distintos. Hasta hace poco, el barrio de Casi do Sodre todavía conservaba muchas casas de citas y prostíbulos herencia de aquellos tiempos. Hoy todo ha cambiado, pero uno de aquellos lugares se ha conservado transformado en un atrevido y divertido local de ocio donde todo tiene que ver con el… amor. De ahí su nombre: Pensión Amor. Se trata de un bar de copas en el que no falta ni una pitonisa que te lee la mano y te echa las cartas o una sala de baile de barra donde además de performances realizan cursos.
 

De la crema a la sardina

Este recorrido también tiene su lado gastronómico, claro está, y muy original, ya veréis. El primero de los lugares por el que hay que pasar también está en Belém y se trata de una de las pastelerías más famosas de la ciudad: Pastéis de Belém. Más o menos todo el mundo conoce la historia de que la receta secreta de estos pasteles de crema que se elaboran aquí desde 1837 llegó desde el vecino Monasterio de los Jerónimos. Unos años antes se había producido la desamortización de los bienes eclesiásticos en Portugal, y alguien proveniente del monasterio comenzó a elaborar los pasteles que hacían los monjes en un local cercano. Ese local (y esta es la parte que la gente ignora) era un almacén y refinería de caña de azúcar. La historia del comercio y de las mercancías de ultramar también está presente en uno de los productos más representativos de la gastronomía portuguesa. Para probarlos tendréis que hacer cola, pero no os preocupéis: elaboran unos 20.000 pasteles al día y todos se venden en esta tienda, por lo que no os quedaréis sin vuestro dulce.
 

Cuando el comercio de las especias que había enriquecido al país decayó, la industria naval portuguesa encontró otro producto con el que mercadear: el pescado. Bacalao, sardinas, atún… además de en fresco, el pescado comenzó a venderse en conserva, enlatado. Los vaivenes de la Historia mantuvieron este negocio en pie durante mucho tiempo pero en las últimas décadas había caído casi en el olvido, visto como un producto de segunda. Hoy la gastronomía portuguesa ha vuelto a ver en las conservas un gran potencial y junto a las tiendas especializadas abren restaurantes como Can the can, para los que las ‘latas’ también pueden ser gourmet. La tradición y la calidad de estos productos en conserva pasan al primer plano gastronómico, con preparaciones novedosas, en este restaurante situado en plena Plaza del Comercio.
 

Y el itinerario no podría terminar en otro sitio mejor que en un mercado. Y, además, en uno de los más importantes y antiguos de la capital: el Mercado da Ribeira, situado en la zona del antiguo puerto, claro está. Como muchos otros por todo el mundo, este mercado se ha reconvertido para pasar a ser un verdadero templo de los mejores productos y restauradores de la capital lisboeta. Mantiene un ala para la venta diaria de pescado y fruta, pero en la otra se suceden puestos de destacados restaurantes, tiendas, pastelerías, enotecas o comida rápida gourmet. En la parte central, varias filas enormes de mesas corridas para degustar tranquilamente los platos elegidos. En nuestro caso, saborearemos al mismo tiempo todo lo que esta escapada nos ha revelado sobre la historia de Lisboa y su relación con el mar. Seguro que a partir de ahora comprenderemos mejor parte de su encanto.
 

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar.

TAP Portugal tiene vuelos directos desde ciudades como Barcelona, Bilbao, Madrid, Málaga, Sevilla o Valencia.

Dónde alojarse.

Hotel Marqués de Pombal. 4*.Confortable y céntrico, en plena Avenida de la Liberdade, a solo diez minutos a pie de la Baixa.

Algunas curiosidades de la Torre de Belem:

•   Está formada por dos cuerpos: una torre y un baluarte, un conjunto que, además de representar la evolución de la arquitectura militar, contienen numerosos avances técnicos. El baluarte tiene la forma del casco de una carabela y el mismo sistema de artillería, perfecto para su labor defensiva.
•   Con las remodelaciones llevadas a cabo en las márgenes del río a mediados del siglo XX, quedaba fuera del agua en los momentos de la marea baja, por lo que, años después se construyó una balsa para que la torre estuviera siempre rodeada de agua, tal como fue concebida.
•    A lo largo de los años, la torre ha servido también de prisión, aduana y hasta de faro, cuando se instaló en lo alto de ella una baliza luminosa para ayudar al tráfico marítimo.
•    La imagen de la torre ha sido utilizada en multitud de productos portugueses: etiquetas de vinos y licores, sellos, azulejos, naipes, billetes, juegos…
 

Más información.

Turismo de Lisboa. www.visitlisboa.com

Texto y fotos: Oscar Checa

La bella Lisboa se torna aún más bohemia a la luz de las farolas. Las noches de verano son idóneas para descubrir la capital portuguesa a través de sus barrios más activos y de aquellos donde la melancolía parece haberse instalado para siempre.

Texto y fotos: Olga y Amael (Madrid)

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