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VIAJES. Burgos. De ruta por Las Merindades

Fértiles valles, ríos caudalosos y bosques intrincados. También estrechos desfiladeros, descomunales cañones y misteriosas cuevas cargadas de leyendas. Todo ello aderezado de pueblos de arquitectura típica donde empaparse de esplendor medieval y rendirse a los placeres de su potente gastronomía. Bienvenidos a la comarca más verde y fresca de Burgos.

Fértiles valles, ríos caudalosos y bosques intrincados. También estrechos desfiladeros, descomunales cañones y misteriosas cuevas cargadas de leyendas. Todo ello aderezado de pueblos de arquitectura típica donde empaparse de esplendor medieval y rendirse a los placeres de su potente gastronomía. Bienvenidos a la comarca más verde y fresca de la provincia de Burgos.

Texto: Noelia Ferreiro Fotos: Jordi Jofré

Hubo un tiempo en el que el mapa de la vieja Castilla era un puzle de territorios regidos por los merinos, esa figura designada por el rey para impartir justicia. De ahí le viene el nombre a esta comarca del norte de Burgos encajada entre Cantabria, Álava y Vizcaya. Una tierra en la que el río Ebro se codea con la cordillera cantábrica y la meseta castellana, dejando a su paso un paisaje diverso. Muchos no saben que Las Merindades, con su privilegiada posición entre el mundo atlántico y el mediterráneo, es el rincón más fresco y verde de la provincia, el que mejor expone, en definitiva, el peculiar carácter del norte.

Recorrer esta comarca supone atravesar montes y riberas, valles y páramos, grandes superficies de prados y bosques de encinas, hayas y robles, refrescados siempre por algún río. Porque aquí el agua es la gran protagonista. El agua que perfora la tierra en cada uno de los arroyos y que ha originado no solo desafiantes saltos y desfiladeros, sino también uno de los paisajes subterráneos más impresionantes del mundo. Si a ello le sumamos su jugoso patrimonio de fortalezas o castillos y las evocadoras aldeas medievales donde el románico tiene nombre propio, el resultado solo puede ser una aventura completa. Por eso, armémonos de carretera y manta para iniciar el viaje por este territorio burgalés que presume orgulloso de ser la cuna castellana.

 


Rincones sentimentales

El sur de la comarca, con el Parque Natural de los Montes Obarenes, es un buen punto de partida para abordar este recorrido porque, además de una buena dosis de naturaleza (hoces, barrancos y gargantas entre una vegetación apabullante), nos encontramos de pronto con uno de los rincones más bucólicos de Burgos: el que conforman las diminutas ermitas de Tobera (Santa María de la Hoz y El Cristo de los Remedios), erigidas junto a un puente de origen romano. Un conjunto monumental discreto, pero de gran valor sentimental: cada julio, desde tiempo inmemorial, se celebra la romería de La Toberilla, en la que se abren las puertas del primer templo. 

De las ermitas, además, y hasta la recoleta localidad de Tobera, parte la senda conocida como el Paseo del Molinar, que acompaña el cauce de este río llamado así por los molinos levantados junto a su curso para aprovechar la corriente. Un paseo en el que sus aguas forman desafiantes saltos al precipitarse al vacío.

 

Pero si hay una visita que no podemos pasar por alto, esta es Frías, que no solo es la ciudad más pequeña de España (un título del que goza desde el siglo XIII) sino también una de las más bellas y, sin duda, la más llamativa de Las Merindades. Una fortaleza encaramada de forma imposible sobre un cerro preside su impecable estampa medieval. Desde ella, concretamente sobre la equilibrista Torre del Homenaje, se controla el entramado urbano: las calles zigzagueantes que salvan el desnivel y las pintorescas casas colgadas (nada que envidiar a las de Cuenca) que son un prodigio técnico y un desafío al vértigo.

Y todo, absolutamente todo, en Frías, desde el castillo a la Iglesia de San Vicente, pasando por el puente fortificado que salva el Ebro, está construido con el mismo material: la toba caliza típica del lugar. ¿Alguna curiosidad más? Sí, Terrorifrías, una escalofriante fiesta que tiene lugar la noche de Halloween. La ciudad se vuelve aterradora: bares ambientados con motivos macabros, gente disfrazada y la Casa de la Cultura… reconvertida en Casa del Terror. 
 

Batallas y lechugas

Abandonamos Frías rumbo al corazón de la comarca con un pequeño alto en el camino: la cascada de Pedrosa de Tobalina, donde en verano se reúnen las familias para darse un buen chapuzón. Pero nuestro destino es Medina del Pomar, la antigua capital de la región. Ya desde lejos habremos divisado el imponente alcázar de los Condestables, una maciza fortaleza gótica levantada por orden de Pedro I Fernández de Velasco, vasallo del rey Enrique II. Desde su construcción, en el siglo XIV, fue un palacio y castillo defensivo. Ahora es el Museo Histórico de Las Merindades, donde se desgranan los rasgos del lugar: el medio físico, los restos arqueológicos, el patrimonio, las tradiciones y costumbres…

Toca entonces una lección didáctica. En el museo descubriremos algunos datos interesantes. Por ejemplo, que este territorio del tamaño de la vecina Vizcaya hunde sus raíces en el Paleolítico, aunque fue la Edad Media su época de mayor esplendor. También que sus incontables castillos confirman su pasado belicoso, con batallas que incluso están inscritas en el Arco de Triunfo de París. O que el caballo losino es autóctono de la comarca. O que su arquitectura típica tiene en la casona blasonada su principal elemento, símbolo del poderío de los nobles.

Más allá del alcázar, Medina del Pomar (ojo a su afamada lechuga, que tiene marca de calidad) cuenta con un agradable casco viejo por donde asoma la historia. Sobre todo si tenemos en cuenta que aquí se alojó Carlos I de España y V de Alemania en su último viaje hacia el monasterio de Yuste, acontecimiento que se celebra el tercer fin de semana de octubre con desfiles, recreaciones teatrales, mercadillo medieval… Y que también Rafael Alberti, a su paso por la provincia camino del norte, se detuvo a dedicarle unos versos a esta bella localidad: “A las altas torres altas/ de Medina de Pomar / al aire azul de la almena/ a ver si ya se ve el mar”.

Pero aún queda mucho por descubrir a lo largo y ancho de Las Merindades. Y tal vez antes de sumergirnos en el laberinto subterráneo que supone su principal reclamo, conviene desviarse un poco para asistir a otra sugerente estampa: Puentedey, un pueblo que está edificado sobre el enorme arco natural horadado por la corriente del río Nela. Por encima de la roca, completamente integrada en el conjunto urbano, se elevan varias casas antiguas y un palacio fortificado. Y por debajo, sobre el lecho del río, se aprecian las dimensiones del puente (unos 15 metros de altura) que los antiguos pobladores, en un alarde de espiritualidad, atribuyeron a una mano divina (por eso el nombre: puente de Dios).

El mundo subterráneo

Ahora sí, ya estamos preparados para un viaje bajo tierra. Porque las entrañas del Monumento Natural Ojo Guareña son palabras mayores. Se trata del complejo kárstico más grande de España (y uno de los diez del planeta), una impresionante cavidad formada por 18 cuevas y más de cien kilómetros de galerías distribuidas en seis pisos superpuestos. Antes de conocerlo, es fundamental pasarse por la Casa del Parque de Quintanilla del Rebollar, donde nos explicarán tanto el interés geológico como las leyendas que pesan sobre este misterioso lugar que en su día sirvió de refugio a neardentales y cromañones: una huella que ha quedado plasmada en pinturas rupestres que aún se encuentran en fase de estudio.

El mundo mágico que encontramos en la cueva se debe a la acción de los ríos Guareña y Trema. Ambos han ido labrando a lo largo de los siglos el interior calizo de la montaña hasta formar una interminable sucesión de simas, lagos y ríos interiores. El resultado es un laberinto de alocadas formaciones, como una catedral inmensa en la que hubiera trabajado Gaudí.

La cueva Palomera y la cueva de San Bernabé son las únicas de todo el complejo que permiten visitas guiadas y en grupos reducidos. El encanto de la primera reside en mantenerse tal cual la dejaron las aguas, lo que propicia una auténtica exploración. El de la segunda, que está acondicionada con pasarelas, barandilla e iluminación a lo largo de 400 metros, reside en su desembocadura en el bello paraje de la ermita de San Bernabé, enclavada bajo una roca.

De vuelta a la superficie, aguarda toda una explosión de naturaleza. Montes de encinas, enebros y quejigos sobrevolados por rapaces conforman los alrededores de Guareña, donde existen diez rutas de senderismo para empacharse de aire puro. Aunque si queremos caminatas, mejor será acercarnos al valle de Bernacho, ya en el extremo norte de la provincia, que está presidido por la mole del Castro Valnera, de más de 1.700 metros. Aquí el paisaje, húmedo y siempre verde, exhibe ya un indudable aire cántabro, salpicado de cabañas pasiegas. De paso, no es mala idea detenernos en Espinosa de los Monteros, una villa monumental repleta de casonas y torres señoriales, con una plaza porticada, castellana pura.

Más allá de la comarca

Aunque estrictamente no pertenece a Las Merindades, sino a la comarca de Páramos, no podemos dejar de dirigirnos a Orbaneja del Castillo, la fotogénica localidad burgalesa declarada Conjunto Histórico. Solo admirar esta famosa instantánea ya justifica la visita: encajada entre cañones en medio de un paisaje kárstico, una poderosa cascada que brota de la cueva del Agua se precipita sobre el pueblo para caer directamente en el cauce del Ebro. El torrente, de 25 metros de altura, nace, corre, salta y muere en unos pocos segundos para al fin explotar en la musgosa roca dentro de la que está considerada una de las imágenes más llamativas de la Península Ibérica.

En las inmediaciones, existen joyas naturales para dar y tomar, aunque la ruta más visitada es aquella que atraviesa las hoces del Alto Ebro, un parque natural donde el gran río ha labrado profundas gargantas y desfiladeros con paredes verticales de hasta 200 metros de profundidad. Su relieve, la diversidad de la flora y la riqueza de la fauna convierten esta marcha de unas seis horas y media en una experiencia única.

Casi tanto como la que nos brinda nuestra última visita: el Pozo Azul, emplazado cerca de Covanera. Es en realidad una surgencia del Rudrón, afluente del Ebro, que exhibe un intenso color turquesa y una curiosa característica: no tiene fin. El ser humano ha llegado a contabilizar trece kilómetros de longitud, pero la cueva aún continúa. Un lugar especial para poner el broche de oro a esta ruta por el norte burgalés y pasar a deleitarnos con otros placeres, por ejemplo, los de su gastronomía.

 

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Texto y fotos: Editorial Viajeros

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