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FRANCIA. Ruta impresionista en Normandía: Etretat, Le Havre, Honfleur, Caen y Mont-Saint-Michel (II parte)

Aquellos jóvenes pintores que salieron de París buscando nuevas emociones encontraron en Étretat, uno de los tesoros de la Costa de Albâtre –o Alabastro–, una poderosa fuente de inspiración. La energía del mar y los acantilados que delimitan la población sedujeron a pintores como Corot, Boudi, Courbet y, por supuesto, a Monet quien le dedicó nada menos que ochenta lienzos.

Reportaje: I Parte: Ruta impresionista en Normandía.

 

 II Parte: Étretat o la fuerza del mar

Aquellos jóvenes pintores que salieron de París buscando nuevas emociones encontraron en Étretat, uno de los tesoros de la Costa de Albâtre –o Alabastro–, una poderosa fuente de inspiración. La energía del mar y los acantilados que delimitan la población sedujeron a pintores como Corot, Boudi, Courbet y, por supuesto, a Monet quien le dedicó nada menos que ochenta lienzos.

Difícil elegir entre la punta de Courtine, la Manneporte, los acantilados de Aval y de Amont, la roca Vaudieu o la aguja de Belval, auténticos monumentos naturales tallados por la fuerza del mar y el viento y modelos privilegiados de numerosos artistas. Estos acantilados, casi esculturas, también entusiasmaron a escritores como Maupassant que creía reconocer en la Falaise d’Aval a un elefante hundiendo la trompa en el agua y aseguraba que un barco podría pasar a toda vela por el arco de Manneporte.

A lo largo del paseo marítimo de Étretat se han colocado reproducciones en paneles, de modo que se pueden observar las obras al mismo tiempo que se disfruta del modelo natural y se escucha el sonido del agua introduciéndose entre los guijarros. Completamente hipnótico.

En aquella época, en la que el ferrocarril comenzaba a expandirse, viajar a la costa e ir a la playa se puso de moda entre los parisinos, es por lo que se pueden ver grandes mansiones que servían de casa de veraneo. El club de golf, fundado en 1908, es un buen ejemplo de la relevancia de la población desde antaño. La panorámica de los acantilados desde el campo de golf (y desde su restaurante) es impresionante. Actualmente, la población sigue teniendo el mismo éxito turístico que antaño o incluso más. Si seguimos la línea de costa llegaremos a Le Havre y Honfleur. Nuestras próximas paradas.

Le Havre, Honfleur y Caen

Le Havre es un alto en el camino obligado en este recorrido por dos razones: porque aquí Monet pintó en 1873 el cuadro ‘Impresión, sol naciente’ que le dio nombre al movimiento y porque esta ciudad, tras ser arrasada durante la Segunda Guerra Mundial, fue reconstruida casi por completo en tiempo récord, logrando con esta reedificación ser la única urbe cuya arquitectura moderna está clasificada por la Unesco como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

El proyecto fue encargado al arquitecto belga Auguste Perret quien construyó viviendas y espacios públicos de líneas depuradas y excelente aprovechamiento de los espacios. La iglesia de Saint-Joseph, con sus más de cien metros de altura, no pasa desapercibida. Esta gran mole de hormigón no invita a pasar a su interior pero es recomendable hacerlo para admirar el efecto de los trece mil paneles de cristal tintado. Estos crean una onírica atmósfera cromática al pasar por ellos los diferentes tipos de luces a lo largo del día o de las estaciones del año.

La iluminación de los espacios de Auguste Perret, denominado por algunos “el poeta del hormigón”, casi se podría comparar con la habilidad en la pincelada de los pintores impresionistas pero sería más justo hacerlo con el buen hacer de sus discípulos al diseñar el Museo de Arte Moderno de André Malraux. Situado junto al mar, la luz penetra por sus grandes ventanales matizada por persianas que contribuyen a la experiencia sensorial y al disfrute de los más de 224 bocetos y pinturas de Eugene Boudin, Edgar Degas, Pierre-Auguste Renoir, Alfred Sisley, Camille Pissarro, Édouard Manet, Claude Monet o Pierre Bonnard. La despedida de Le Havre debe hacerse desde el moderno barrio de Sainte-Adresse, uno de los lugares favoritos de Monet y donde pintó la obra comentada inicialmente.

De la racionalidad de Perret se pasa, en pocos kilómetros, a la belleza del Puerto Viejo de Honfleur, uno de los rincones más hermosos de este viaje. Este pequeño muelle que en su día vio partir a marineros que se aventuraban por tierras desconocidas hoy contempla cómo las terrazas se llenan de otro tipo de viajeros que acuden para disfrutar de la contemplación o en busca de las musas que bendijeron a Monet o Boudin hace dos siglos, como atestiguan los numerosos talleres y galerías artísticas que salpican la población. Boudin, de hecho, nació en esta población en 1824, por lo que parte de sus obras se exponen en el Museo Eugéne Boudin. Fue este pintor, un pre-impresionista incomprendido, quien inició al joven Monet en la pintura paisajista, y lo animó a salir al exterior y a captar la belleza del entorno. Uno de los lugares favoritos de estos artistas era la granja Saint Simeón, situada a las afueras de Honfleur, desde donde se podía pintar el estuario del Sena y donde, a cambio de algunas pinturas, recibían comida y cama. Hoy día se encuentra allí un lujoso hotel Relais&Châteaux que continúa con ese espíritu y acoge a artistas. Sin duda, un lugar inspirador.

La extraordinaria destreza de estos artistas, Monet y Boudin, también se puede apreciar en la colección que se exhibe en el Museo de Bellas Artes de Caen donde, junto a Pierre Bonnard y a otros pintores de la región como Stanislas Lépine, Albert Lebourg y Georges Jules Moteley, comparten un espacio privilegiado en el castillo medieval de Guillermo el Conquistador. En esta fortaleza que domina la ciudad se concentran lugares tan interesantes como la iglesia de Saint-Georges (que acoge la oficina de información del complejo), la Échiquier (la cámara de cuentas, del siglo XII) y el Jardín des Simples donde se cultivan plantas medicinales y aromáticas propias del Medievo.

Mont-Saint-Michel

Terminamos esta peregrinación en un lugar emblemático del país galo porque, como decía Víctor Hugo: “el Mont-Saint-Michel es para Francia lo que la Gran Pirámide es para Egipto”. Nos encantaría poner en práctica todo lo aprendido de los grandes maestros impresionistas en esta ruta e intentar plasmar en palabras la belleza y espiritualidad que emana de este lugar pero resulta difícil. Engarzadas perfectamente en el pequeño islote de Tombelaine se alzan una villa y una maravillosa abadía fundada en el año 708 por Aubert, el obispo de Avranches, tras la insistencia del arcángel San Miguel que se le apareció en tres ocasiones.

Apenas cincuenta personas viven permanentemente en esta población que, unida por una carretera a tierra firme, se queda aislada durante algunas mareas al subir el nivel del agua (¡hasta quince metros!). Con la visión de la arena grisácea y las sinuosas formas de los meandros se inicia la experiencia de visitar Mont-Saint-Michel, que se completa subiendo las calles empinadas y zigzagueantes de la villa, y admirando cómo el pináculo de la abadía araña las nubes hasta dejarlas esparcidas por el firmamento. Embobados, sin dejar de mirar las luces cambiantes del entorno, nos despedimos de Normandía.

Por Pepa García (mayo de 2017)

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Texto y fotos: Pepa García

Los maestros impresionistas capturaron en sus lienzos los dones de la naturaleza y la fugacidad del tiempo. Más de un siglo después, Normandía sigue provocando la misma emoción en los viajeros que siguen sus pasos.

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