Textos y fotosNuria Cortes y M.A.Díaz de Cerio
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Egipto. El Nilo, un crucero camino de la eternidad

Navegar por las aguas del río Nilo camino de los grandes tesoros del arte egipcio es una de las experiencias más especiales que se puede disfrutar en el país de los faraones. Un clásico que gusta tanto a los viajeros más curiosos y románticos como a los pragmáticos amantes de la comodidad.

Navegar por las aguas del río Nilo camino de los grandes tesoros del arte egipcio es una de las experiencias más especiales que se puede disfrutar en Egipto, el país de los faraones. Un clásico que gusta tanto a los viajeros más curiosos y románticos como a los pragmáticos amantes de la comodidad.


El equipaje pesa más cuando uno retorna de Egipto. Y no me refiero al físico, ése que vuelve a casa con nuevos abalorios, manteles de algodón, figuras de alabastro, imanes de faraones y puede que hasta con una pipa de agua o shisha. Hablo de la otra maleta, la intangible, aquella donde los viajeros van guardando de forma inevitablemente desordenada y confusa cada una de las innumerables sensaciones que genera un país tan intenso como éste. Egipto satura por exceso. Sus pirámides, tumbas y templos son un puro exhibicionismo de tiempo pasado y una lección de arte antiguo casi infinita. Imposible abarcar –ni siquiera retener– tanto significado y simbolismo si no se han hincado los codos mínimamente antes del viaje. En eso los amigos de la egiptología y aficionados a los jeroglíficos van con ventaja, mientras que los viajeros novatos se han de debatir entre escuchar las explicaciones del guía –si las hubiese– o alejarse del grupo y deleitarse con el dibujo de una hermosísima escena de pesca, aunque por ello sigan sin recordar el nombre del dios con cabeza de halcón.

En el mundo presente, aquel por el que transitan los egipcios vivos, el exceso se torna sensorial y entra en el equipaje a través de Umm Kulthum, la mítica diva de la música nacional, cuya voz escapa por las ventanillas de los taxis y las puertas abiertas de los comercios. También se cuelan las políglotas llamadas de los vendedores, los ofrecimientos de los barqueros –que vienen cruzando estas orillas desde tiempos inmemoriales– y los hipnóticos versos cantados del Corán, que flotan en el aire recién salidos del transistor de un café para acabar mezclados de forma profana con los pitidos de los vehículos, que pareciesen interpretar una singular conversación telegráfica ideada por Morse.

Casi como un bálsamo

Frente a los excesos anteriores, y casi como un bálsamo, asoma en absoluto protagonismo el Nilo, el verdadero dios del país, el que lo alimenta con sus aguas y crea oasis allá donde el desierto amenaza con devorarlo todo. Vergeles que también lo son para el viajero, pues en sus riberas encuentra refugio donde reponerse tras caminar entre tanto pasado y tanto presente.  Quienes han viajado entre Luxor y Asuán por tierra bien saben los oscuros deseos que puede despertar la sola imagen de la cubierta sombreada de un barco donde se sirve cerveza fresca mientras el sol comienza a caer sobre un horizonte verdeado de palmeras y juncos. Sin duda, recorrer el río a bordo de un crucero es una de las mejores experiencias que se puede disfrutar en el país, ya sea en una exclusiva dahabiya o en los barcos estándar de mayor capacidad. Los 220 kilómetros que separan Luxor de Asuán se convierten así en un evocador viaje fluvial de tres o cuatro jornadas en el que el río revela sus paisajes de acuarela, casi minimalistas. Aparecen aquí y allá falúas de pescadores con las velas desplegadas, garzas iniciando el vuelo, campos de caña de azúcar, pequeñas granjas de adobe, chiquillos correteando por las orillas y minaretes iluminados al anochecer. Así, con la mirada descongestionada, da gusto desembarcar para llenarse de nuevo de los rostros de Anubis, Isis, Thot, Horus (el de la cabeza de halcón) y demás protagonistas de la iconografía egipcia.


Esna, Edfu y Kom Ombo

Esna, Edfu y Kom Ombo son las tres escalas que realizan los cruceros, siendo la más popular entre los viajeros la segunda, pues aquí se encuentra el impresionante templo ptolemaico de Horus, el mejor preservado del país. En sus muros de más de 2.000 años se suceden bellas escenas en relieve que, desde su descubrimiento en 1860, han constituido una fuente de información de gran importancia para comprender la religiosidad y la política del Antiguo Egipto. También es único Kom Ombo, construido a orillas del río y cuya particularidad reside en que es un santuario doble compuesto por los templos de Haroeris y Sobek. Deidades aparte, sus relieves también enseñan al viajero escenas terrenales de la vida de entonces, como las que muestran a una mujer dando a luz con ayuda de un fórceps o a unas muchachas quemando incienso y preparando ungüentos. Aparte de estas visitas,  poco más hay que ver durante el recorrido. Aunque tampoco es necesario. Mejor no saturarse si se tiene en cuenta que en sus extremos aguardan dos de los imprescindibles del país, Asuán y Luxor.


La acogedora Asuán

Para disfrutar de un viaje en continuo in crescendo es preferible seguir la dirección natural del Nilo y comenzar el crucero en Asuán. La ciudad, mucho más tranquila y acogedora que Luxor, es habitualmente poco visitada por los viajeros, quienes se conforman con realizar las excursiones al Templo de Filé, la Alta Presa y el templo de Abu Simbel, el segundo destino más visitado en Egipto después de las pirámides de Guiza. Sin embargo, si la duración de la estancia en el país lo permite, merece la pena añadir en el programa del viaje uno o dos días extras en la ciudad. De ese modo se puede descubrir Isla Elefantina sin asomo de aglomeraciones, llegar en camello hasta las ruinas del monasterio de San Simeón y pasear por su cornisa al atardecer mientras el cielo se tiñe de intensísimos rojos.

Algo parecido ocurre con Luxor, donde la mayoría de los viajeros paran apenas 48 horas, lo justo para echar fugaces miradas al grandioso complejo religioso de Karnak, el templo funerario de Hatshepsut, el templo de Luxor y el Valle de los Reyes, donde esperan las célebres cámaras mortuorias de Ramsés I y VI, Tutmosis III y Tutankamón. Estar tan poco tiempo es un sacrilegio que bien merece la maldición de todos los faraones y los artistas que convirtieron a Luxor en la meca del arte egipcio. Ya se finalice o se empiece aquí el crucero, también es más que recomendable añadir dos o tres días al plan del viaje para disfrutar con más calma de semejantes tesoros –visitar por ejemplo el templo de Luxor de noche, cuando la iluminación resalta sus relieves–, descubrir el interesantísimo Museo de Luxor o alquilar una bicicleta para moverse con libertad por la orilla occidental, visitando al ritmo que queramos el Valle de las Reinas o las Tumbas de los Nobles, una auténtica maravilla sólo disfrutada por los viajeros independientes. Si no hay tiempo, siempre se puede soñar con retornar para asomarse de nuevo al Nilo, el camino más evocador por el que desplazarse a través de la historia.

Reportaje completo en Viajeros 175.

 

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